Más de cincuenta años constituyen la insólita carrera de Iggy Pop. Carrera en la que atravesará innumerables etapas, saltando desde la sordidez más real al vitalismo más desesperado. Siempre con un tono amargo y una peligrosa vecindad con el caos que harán que resulte difícil establecer lugares comunes entre su música y el universo del rock. No existe acuerdo alguno en como etiquetarlo, y mucho menos respeto a la elección de sus mejores trabajos.
Al contrario de lo que ocurre con su música, sobre su figura si que es fácil amontonar cientos de tópicos. Bien sea como el más salvaje, el más drogadicto, el más musculoso o el más degenerado, sus circunstancias personales superarán siempre la trascendencia de sus discos por muy buenos que estos lleguen a ser. Sobre todo, la gente quiere verle romper su pantalones, cortarse con botellas, insultar al público, pelearse o desplomarse definitivamente sobre el escenario y sin opción de levantarse tras uno de sus trances eléctricos. Hoy, por suerte, solo quieren ver a un superviviente al que pronto apodaron como "la iguana".
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