A Chuck Berry sería injusto no concederle la distinción de haber proporcionado dimensión mítica e identidad al rock and roll. Sus canciones guardan toda la esencia de este género: ritmo imparable, guitarra afilada, sonido electrificante, historias de excepcional precisión y un poder de evocación que retrata de forma imperecedera el estilo de vida de la América juvenil de los años cincuenta. Y eso que se sube al tren de casualidad: de infancia problemática, reformatorios incluidos, decide un día ser útil a la sociedad y mejorar su situación estudiando peluquería y cosmética en unos cursos nocturnos, a la vez que se gana un sobresueldo como líder de un trío donde toca la guitarra. Curiosamente, en su misma ciudad compite con Ike Turner por el título de grupo más popular. El chico impresiona por sus habilidades y pronto accede a una compañía independiente, Chess Records, quien lo presenta al mundo con un tema country. Berry lo graba con ritmo frenético y Maybellene, que así se llama la canción, es un gran impacto que llega a lo alto de las listas de música negra y se difunde ampliamente en las emisoras blancas.
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