Esta simbiosis entre música y rebelión nace en una ciudad y un estado que la favorece. San Francisco es un sitio agradable que no alcanza el millón de habitantes, que tiene tradición de tolerancia y acepta en su seno una mezcolanza de razas, lenguas y costumbres. Hay mar, bosques y parques espléndidos entre barrios que comienzan a poblarse de jóvenes universitarios, artistas, vagabundos y vividores que pronto disfrutarán de los primeros conciertos de ambiente relajado y de librerías menos convencionales donde, aparte de libros, podían comprarse discos y toda clase de accesorios para el consumo de drogas. Y es que el LSD de alta calidad se ha convertido en un impulso exterior, en el origen de multitud de explosiones mentales de aquellos chicos y chicas. Una juventud que sale a la calle, deja crecer sus pelos y saquea los baúles de viejas ropas mientras reciben alborozados las sucesivas entregas de músicos en pletórica expansión como los Beatles o Bob Dylan.
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