Entre todos los virtuosos de la guitarra de ese universo llamado blues rock, existió alguien que ante todo fue impresionante e incalificable; Jimi Hendrix, pura subversión autodestructiva, revolucionó el estado del rock y la guitarra. Sus vistosas pintas eclipsaban las fantasías de cualquier diseñador de moda mientras su sexualidad dejaba a Elvis Presley y Mick Jagger a la altura de unos tímidos adolescentes. Tuvo más seguidores que nadie y sus proezas de cama y drogas rivalizaron con las guitarrísticas. Una imagen de sexo y abismo contrapuesta a la realidad de un maniático perfeccionista capaz de encerrarse días en un estudio de grabación. Impotente ante su encrucijada artística, fue víctima de la incomunicación y del propio circo que él creó. Volcán incontrolado, se inmoló mientras el público aplaudía. Su trágica biografía alecciona sobre el lado cruel del éxito, donde una prematura muerte lo elevó a la categoría de leyenda impidiendo el engorroso trance de comprobar si fue un genio truncado o acabado.
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