En 1967 el rock se convierte en propaganda de nuevas ideologías. A diferencia de otros movimientos juveniles, el movimiento hippy plantea una contestación global al sistema de valores de la época, y serán los grupos musicales los encargados de difundir los lemas y la estética de esta forma de vida. Al mismo tiempo, frente a la revolución del amor, algunos grupos disidentes plasman otras realidades más agrias. Aquel año se convierte en el del gran salto cualitativo de un rock que hasta entonces solo había ofrecido intuiciones y sugerencias de rebelión. Un salto que traería la globalización y la propaganda de una alternativa vital donde las letras de las canciones sirven para esparcir visiones utópicas, plantear dilemas morales y discutir actitudes políticas. Son tiempos en los que ya es aceptable cantar sobre el placer que supone hacer "manitas" en el cine o el primer beso bajo la luz de la luna. Había que reflejar las atractivas posibilidades del momento y hacer que las guitarras eléctricas proporcionaran himnos y consignas mientras miles de jóvenes quedaban extasiados ante las promesas de flores, paz y amor libre, o simplemente de drogas a mano.
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