sábado, 27 de marzo de 2010

Pop norteamericano: el sonido chicle

Paralelamente al pop, en su término más estricto, también aparecen grupos juveniles con melodías pegajosas e insustanciales, que escrupulosamente envasadas al vacío, buscarán un público fácil, de escaso criterio y paladar lacio: y como no podía ser de otro modo, a aquello lo llamaron sonido chicle. Tan peculiar nombre tal vez tuviera que ver con que el efecto de su música era como las golosinas: atraen con su sabor dulzón y fugaz, pero sin valor nutritivo e indigesto en dosis elevadas. Puro colesterol para los tímpanos. Aún así, rastreando en las ruinas de tan efímero momento podemos encontrar alguna inesperada sorpresa como The Archies, un grupo que no existía: se trataba de un proyecto de estudio con músicos anónimos para poner música a unos dibujos animados, pero su Sugar, sugar llegó al número uno, se convirtió en un clásico y se hizo necesario presentarlos en sociedad. Durante dos años el sonido chicle fue el sonido de la joven América, pequeñas miniaturas de pop bobalicón y evanescente. Pedazos de falsa inocencia y ritmos embaucadores. Euforia de laboratorio sin pretensiones ni mensaje y con títulos absurdos -Yummi yummy, Chewy, chewy...- que hicieron bailar a medio mundo y vendieron millones de discos hasta que a finales de 1968 el sonido chicle ya es indigesto.


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