Y mientras el LSD, todavía legal por aquél entonces, se degusta con naturalidad entre estruendo de decibelios y despliegue de efectos especiales, alguien bautizará aquellos sonidos como rock ácido o música psicodélica. Muchos de los grupos que se desarrollan en tan extraordinario ambiente son renegados del folk con gran cultura y curiosidad intelectual que se sentirán parte de una secta feliz. De sus amplificadores saldrán temas largos e indulgentes a todo volumen. Son muchas las influencias, motivo por el cual las primeras incursiones de este nuevo sonido en los estudios de grabación acaban naufragando, aunque sin importar demasiado a nuevos personajes que van llegando a San Francisco desde Tejas, Nueva York o Chicago; iluminados que traerán un gusto por el soul y el blues urbano. Almas inquietas de todo el país atraídas por los rumores de que algo maravilloso está ocurriendo. Lo que había empezado como un murmullo semiclandestino acabará esparciéndose por todos los medios de comunicación, que boquiabiertos recogerán los esplendores del floreciente movimiento hippy.
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