El tiempo demostró de forma sublime que en le segunda mitad de los sesenta el rock había caído bajo el influjo hipnótico del blues negro, aquel maravilloso género musical que había de iluminar los pasos de muchas estrellas blancas de los años hippies. Si en Europa esto se había traducido en verdadera fascinación por artistas de color marginados en su propio país, por el contrario, los norteamericanos blancos decidieron medir sus fuerzas con los grandes bluesmen negros añadiendo un enfoque más vitalista a aquellos sonidos surgidos del ghetto. Y paradójicamente, justo cuando el propio blues negro norteamericano va perdiendo vigencia entre su propia gente, que ahora ha descubierto y prefiere el soul, serán legiones de músicos blancos a ambos lados del Atlántico los que popularicen una adaptación de técnicas y repertorios con las que proporcionar las bases que han de redefinir el rock hasta convertirlo en una nueva vía, un nuevo género, una nueva forma de vida: el blues rock y el virtuosismo de la guitarra solista.
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