Pero la diferencia con el sonido pop británico era tangible. Los grupos ingleses irradiaban trepidación mientras que los norteamericanos no tenían nada de juveniles salvo la edad. Cuando The Beatles llegan a América con su pop fresco, la música en Estados Unidos seguía trabajando para la perdurabilidad de los bailes de moda mientras las emisoras arrullaban la felicidad del momento con azucaradas lágrimas vocales exprimidas por guapos de brillantina y tupés caducados. Las primeras reacciones frente al dominio del pop británico oscilarán entre la rendida imitación y la reconversión, algo que no va a impedir que los años del pop norteamericano no sean más que un tiempo de sequía musical apenas regada por unos pocos: Los Four Seasons, algo mayores y de aspecto serio, dispensarían millonarios bálsamos de lujuria vocal, drama y ternura. Len Barry, una transmutación blanca de James Brown. Gene Pitney, universitario bajito pero de enorme estatura vocal. Del Shannon, el falsete más hábil del pop y de los pocos que escribía sus propias canciones. O Lou Christie, puro romanticismo rosa envuelto en la leyenda de que escribía sus canciones a medias con una vidente amiga suya capaz de predecir sus éxitos.
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