martes, 30 de marzo de 2010

Blues rock: Jimi Hendrix (II)

Jimi Hendrix expandía fuerza primitiva bajo un arco iris de elegancia y presunción. Con sus casacas entorchadas y trajes de rayones coloristas, apareció un día por Londres y en poco menos de un año se convirtió en la más fulgurante estrella del zoológico del rock: los eclipsó a todos. La floreciente crema de superguitarristas no daba crédito a sus ojos. Allí estaba aquel negro, zurdo e insolente, extrayendo los más insólitos sonidos. Sus conciertos eran mitad prestidigitación, mitad sexo humeante: utilizaba la guitarra como a una mujer o una prolongación fálica; la acariciaba, la atacaba con los dientes, por detrás, se la subia por la espalada mientras le arrancaba sin cesar orgásmicos quejidos entre convulsiones pélvicas. Con su inimitable técnica en el uso del pedal, parecía hacerla hablar en medio de un espectáculo casi circense. Tenía docenas de trucos, pero también tremendas canciones que derramaba con ses estilo inconfundible que le encumbró como el más influyente guitarrista de la historia del rock.


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