La música americana interpretada por aquellos hijos de esclavos africanos era una fuente obvia de inspiración. Sus protagonistas habían pasado por los mismos dilemas en circunstancias mucho más penosas, resolviendo su marginalidad con el desarrollo de un estilo propio de vida. Eran tipos duros, gente auténtica. Y el blues una religión en la que para aquellos pequeños snobs de las escuelas de arte cabía todo lo que realmente necesitaban e interesaba: sexo, identidad y desafío. El resultado no podía ser más irresistible aunque hubiera opiniones para todos los gustos. Para el sector más tradicionalista, los grupos de rhythm and blues no hicieron más que diluir los sonidos negros con concesiones al gusto del momento, vendiendo una pálida copia a muy buen precio mientras que los intérpretes originales -y eso es cierto en bastantes casos- se morían de hambre. Una vez más la eterna historia de la explotación del arte negro por parte de manipuladores blancos.
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