El movimiento hippy llegaría de la mano del folk rock, feliz resultado de la colisión entre la sensibilidad folk y la energía del rock. En 1965, Bob Dylan y The Byrds demostrarían que las canciones de autor se beneficiaban del tratamiento eléctrico y era posible su entrada en las listas de éxitos. El ejemplo sería seguido por numerosos artistas que configurarían un movimiento de breve vida en la que confluyeron, tanto los intereses económicos como el deseo de moldear una nueva estética. Hasta llegar al sonido definitivo del folk rock fue necesario un gran reciclaje dentro de la música folk, cuyos autores hasta entonces sólo habían buscado una música virginal, no manchada por las garras de la industria musical. Pero estas legiones de músicos que están al cobijo de viejas canciones y añejos sonidos más bien tiernos, se reconcilian de repente con su amor primero, el rock and roll. Y todo bajo el amparo del jubiloso surgir de los Beatles, que resucitan este estilo desde el viejo continente. Inevitablemente el folk empieza a enrarecerse con la lógica de los dólares. Las posibilidades de negocio genera una demanda de música comercial tan grande, que convertirá el acercamiento del folk y el rock en algo necesario.
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