Desde ese momento Haley, rechoncho y maduro, con su eterno rizo sobre la frente, se encontró encabezando giras y películas hasta que la fuente se seca en 1958.
Con la llegada de Elvis, los jóvenes descubrirán un rock and roll hecho carne, donde su pajarita y chaqueta de cuadros ya no tendrán cabida: entonces buscará su exilio dorado en Europa, donde se le recibe como un monarca, provocando a su paso alteraciones de orden público. No le faltan actuaciones en donde siempre estará dispuesto a demostrar que todavía puede enardecer cualquier auditorio. Lejos de su país acabará convirtiéndose en el instrumento inconsciente de una revolución musical que nunca llegó a imaginar: comprendía la forma y la necesidad de crear ritmos que dieran movimiento al cuerpo, pero estaba demasiado alejado de los jóvenes como para entender el fondo del rock and roll. Su final fue triste; Bill Haley, abrumado por desgracias familiares y problemas contractuales, arruinado y alcohólico, morirá en la soledad de su cama en los primeros días de 1981.
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