El excéntrico y alocado Little Richard había dado inconscientemente con la fórmula de una música que, en el mejor de los casos, pondría el mundo patas arriba. El resultado fue explosivo: tanto las emisoras blancas como las de color lo radiaron con enorme éxito dando paso a posteriores creaciones igualmente delirantes que inyectaron una saludable dosis de sensorial desenfreno en una sociedad que a partir de ahora iba a tener que tolerar el reinado, efímero eso sí, de su espíritu irrefrenable. Tan efímero como pueda resultar un periodo de año y medio. A finales de 1957 decide de forma brusca dejar la música tras un accidental incendio en uno de los motores del avión en el que viaja con su grupo: al tocar tierra sano y salvo decide estudiar teología para convertirse en predicador. En 1964 regresa a los escenarios con nuevas versiones de sus éxitos; en los setenta, su afición a las drogas y un desmedido apetito sexual le convierten en una parodia de si mismo. Su iglesia lo rechaza por homosexual y la policía lo detiene en varias ocasiones por actos deshonestos en lavabos públicos. Finalmente, la muerte de uno de sus hermanos por sobredosis le hace limpiar su organismo de sustancias ilegales, al tiempo que deambula por Saint Louis vendiendo biblias a domicilio. Tal vez el más fantástico final para uno de los más exagerados genios del rock and roll.
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