Con la llegada de tiernos coros y orquestaciones juguetonas se esfuman las guitarras salvajes, los saxos gruñones y los pianos histéricos. Mientras, un cúmulo de desgraciadas circuNstancias empujan al rock and roll hacia una agobiante letanía. Elvis Presley se ha ido al servicio militar, Carl Perkins aún convalece en el hospital mientras Chuck Berry es encarcelado. Little Richard ha recibido la primera llamada divina incitándole a dejar la música pecaminosa, Jerry Lee Lewis y Gene Vincent ya no son personas gratas. Y para colmo, Buddy Holly, Ritchie Valens, Big Booper y Eddie Cochran se han ido al cielo de las guitarras eléctricas.
Para las grandes compañías que en su día vieron como las independientes tomaban parte de su pastel gracias a negros desenfrenados y vaqueros casi analfabetos, había llegado el momento de la venganza: el rock and roll no es sólo una ofensa al buen gusto, sino que también pone en peligro sus ganancias. En 1959 consiguen demostrar que este se ha colado en las emisoras gracias a extraños pagos y favores a importantes locutores. Hasta el Congreso investigará el asunto.
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