Elvis Presley, el rey de los corazones rotos, es un mito polivalente plagado de contradicciones y congruencias. Fue eficaz símbolo de rebelión pero nunca se consideró un insurgente ni se planteó cambiar el mundo. Sus discos sirven para recordarnos la maravillosa impetuosidad del primer rock and roll o para lamentar la facilidad con que esta música se corrompió. Encarna el sueño americano y la pesadilla del triunfo. Lo llamaron el rey del rock pero se encontraba más a gusto interpretando baladas country o canciones religiosas. Combinaba un interés por la espiritualidad con un apetito desenfrenado por todo tipo de placeres. Podía detestar a los hippies y predicar contra las drogas mientras se atiborraba de toda gama de estimulantes y tranquilizantes. Quiso ser el nuevo James Dean y se conformó con protagonizar películas mediocres. Era un perfeccionista a la hora de aplicar su prodigiosa voz a cualquier canción, pero grabó toneladas de temas más bien impresentables. En los documentos gráficos podemos verlo bello o grotesco, felino o torpe, glorioso o vulgar. Una cruel metáfora de su país.
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