lunes, 15 de marzo de 2010

El nacimiento del rock XLV

El sello Capitol se deja convencer al escuchar Bep-bop-a-lula, donde su voz insinuante, dominadora de trucos del rockabilly sureño (hipos, tartamudeos, suspiros...) destaca sobremanera. El resultado fue un éxito, pero también el principio de la pendiente. Gene Vincent era erotismo en bruto, un tipo hosco que se metía en borracheras, peleas y orgías. Y fue esa fama la que determinó que su incipiente aureola se extinguiera hasta el punto de tener que buscar en Europa lo que se le negaba en su país. Allí, aferrado al micrófono, una estatua revestida de cuero esperaba el momento de entrar a cantar con cara de sufrimiento: abría la boca y se movía pesadamente arrastrando esa pierna que nunca curó del todo. Rock dramatizado que provocaba la histeria entre su público. Ya metidos en los sesenta, su magnetismo irá perdiendo fuerza al tiempo que se convierte en un caballero regordete que apesta a whisky. Irritable e introvertido, morirá de una úlcera en 1971.



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