El rock and roll es una "enfermedad contagiosa", proclamaba el New York Times, "un medio para rebajar al hombre blanco al nivel del negro", gritaban desde el Consejo de ciudadanos blancos de Alabama, en 1956. Lo que sí estaba claro es que el rock no dejaba a nadie indiferente y estaba dispuesto a acompañar en la historia al país que lo vio nacer. En los cincuenta coincidirá con las primeras reuniones sobre desarme y construcción de satélites, con la muerte de James Dean y Humphrey Bogart, la elección del Papa Juan XXIII y la revolución de Fidel Castro, pero sobre todo con el final del gran desastre: el fin de la Segunda Guerra Mundial pareció convertir Norteamérica en un mundo feliz. Las bombas de Hirosima y Nagasaki y el alivio de la victoria escondieron el horror de aquella visión de cuerpos desmembrados y calles aplanadas. De la lucha antifascista se pasó a la histeria anticomunista de McCarthy, pero la simple sonrisa de Eisenhower tranquilizaba cualquier temor.
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