¿Y qué hay de los auténticos protagonistas del rock africano? Por encima de los brillantes músicos reconocidos internacionalmente con todo merecimiento -King Sunny, Yossou N'Dour, Salif Keita o Touré Kunda entre otros-, se alza uno sobre todos los demás: el propio sonido africano. Ese que también podemos encontrar en las incontables orquestas de rincones perdidos como Tanzania o el Congo, y localizada a su vez entre los nombres anónimos de las contadas recopilaciones que aparecen en el mercado musical con cánticos alegres y guitarras chispeantes, bailables, sin ambición y resumiendo en su propia modestia y sinceridad el sentir de esas gentes y esas tierras: una música que brota del alma.
Y si su sonido no ha conseguido cambiar drásticamente el panorama del rock, al menos ha pulverizado el falaz cliché de nuestra sociedad avanzada, esa que marcada por las películas de Tarzán y similares, se atrevió a reducir la música africana a 300 negros desquiciados dándole al tambor delante de una olla.
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