Hasta conseguir su definitivo triunfo, la música disco será un fenómeno clandestino durante la primera mitad de los setenta. Por aquel entonces el rock progresivo había proscrito al baile y reducido la participación del público a tímidos aplausos. A pesar de ello, los locales para gays, latinos y negros de todo Estados Unidos insistirán hasta darle identidad propia, en masajear los sentidos con ritmos caribeños, elegantes combinaciones de auténtico sonido Filadelfia y algo tan atractivo y envolvente como unas buenas dosis de James Brown. Se trata de pinchadiscos dispuestos a que se escuche cualquier sonido que haga mover los pies, y lo mismo aceptarán sonidos africanos como los de Manu Dibango, que híbridos españoles como Barrabás o alemanes cibernéticos como Kraftwerk. Será entonces cuando entren en escena una serie de productores mercenarios que, valorando milmétricamente las posibilidades de estos ritmos pegadizos y con la ayuda de músicos y vocalistas de estudio, darán con el definitivo sonido de la música disco.
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