A mitad de los setenta surgirá una variedad de música bailable destinada especialmente a las discotecas. Se le llamó música disco y tuvo un gran éxito hasta principios de los ochenta, convirtiéndose en la sublimación de ese pop en el que durante al menos quince minutos, uno podía sentirse una estrella entre efectos de sonido y luces multicolor. Con la música disco, además, el consumismo cobraría categoría de arte, ganando para gente que no eran músicos el derecho de hacer discos y triunfar con ellos. Cualquier grabación bajo esta nueva denominación supondrá una conmoción absoluta para los valores del mercado musical. La música disco cautivará a millones de personas en todo el mundo por su insistente pulso rítmico y sus pegadizas melodías, catalizando a su vez un estilo de vida que se centrará en las sudorosas pistas de baile. Considerada inicialmente como una aberración, y repudiada en los círculos del rock, esta terminará por infiltrarse con la elasticidad de sus temas, su voluntad popular, su énfasis en la construcción de nuevos sonidos y su elaboración interrracial, en toda la música pop surgida a partir de los ochenta.
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