La música brasileña de aquellos ochenta será algo más que un ritmo binario apenas exportable al resto del mundo. Desde las aportaciones del percusionista Airto Moreira al grupo de Miles Davis o formando parte de los primeros Weather Report, serán varios los creadores brasileños que traspasen fronteras. Es el caso de un albino genial llamado Hermeto Pascoal, un mago de los sonidos capaz de fabricar música a partir de herramientas, ruidos de toses y ladridos, reelaborando en un lenguaje innovador todos sus recuerdos infantiles. Por su parte, Egberto Gismonti o Eumir Deodato conseguirán integrar con sus composiciones, mundos tan dispares como la tradición sinfónica y las computadoras. Más espiritual se mostrará el respetado Milton Nascimento, cuyos trabajos constituyen una de las obras más apasionantes de la música popular brasileña; de ellos brota, arropada por extraordinarios músicos, una voz escalofriante capaz de hacer estremecer a las mismísimas estrellas.
En el tintero, es inevitable, se quedan cantantes, compositores e instrumentistas de una clase poco común; miembros de una música popular brasileña que rezuma melodías hermosas, armonías sutiles y ritmos arrolladores; sonidos que por los siglos de los siglos seguirán creando adicción.
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